El horror de las resacas cuando eres mayor de 30

El horror de las resacas cuando eres mayor de 30

El horror de las resacas cuando eres mayor de 30

Por suerte en Pez Tortilla cuidamos de tu salud y te traemos las mejores cervezas a prueba de resacas. Si aún así te gusta jugártela en otros bares, echa un ojo a este reportaje de Pol Rodellar (Vice):

Te doy un mes para que tomes una decisión. Bueno, dos meses. Puede que seis. Venga, un año. ¿Un año te parece bien? Perfecto. El caso es que tienes que plantearte algo. Seguir o dejarlo. Seguir así, como lo estás haciendo ahora, o calmarte un poco. No es que sea algo realmente jodido, al fin y al cabo solamente estamos hablando de tu salud, no de la salud de el planeta Tierra, pero bueno, quizá deberías tenerlo un poco en cuenta. ¿Te has preguntado alguna vez por qué los ancianos no se emborrachan cada fin de semana? Bueno, porque, básicamente, si lo hicieran se morirían. Sus resacas serían tan potentes que se verían obligados a abandonar este plano existencial y retirarse al vaporoso plano de los que ya no están, de los recuerdos, de los billeteros abandonados sobre mesillas de noche que ya nadie sabe qué hacer con ellos, de las casas vacías y los cielos rotos. En fin. Lo que quiero decir, con toda esta mierda, es que ya no eres un jovenzuelo. Ya no te recuperas de las heridas como Lobezno, ahora eres un mortal y cada error tiene sus —extremas— consecuencias.

Antes, cuando eras adolescente y ni siquiera sabías que el hombre provenía de una raza extraterrestre originaria de Urano, tenías un poder. No eras ni consciente de que lo tenías. Salías por la noche y bebías en esas tabernas terribles donde todo lo servían en jarras y te hinchabas a calimochos y a cervezas y cubatas MUY dulces y terminabas vomitando y a la mañana siguiente te levantabas tranquilamente y te ponías a jugar al Jedi Knight como si no hubiera pasado nada la noche anterior. ESE ERA TU PODER. Incluso podías llegar a ser un tipo decente delante de tus padres y hablar con normalidad. Durante esa época te tomabas a la ligera este don, ya que no sabías qué pasaría exactamente si la edad te lo arrebatara.

Luego seguiste creciendo —es lo que tiene esto—, llegaste a los 20 y más o menos la cosa siguió igual. Como tampoco tenías demasiadas responsabilidades los ligeros dolores de cabeza tampoco eran infernales, total tenías todo el fin de semana para permanecer tumbado en la cama viendo series, comiendo lonchas de pavo braseado o lo que fuera que hicieras cuando tenías veinte y pocos.

Ahora —que ya tienes 30 y ya no tienes más oportunidades de llegar a ser todo lo que quisiste ser de adolescente— la cosa es un poco distinta. Tú cuerpo está ya más jodido y no es capaz de soportar tanto dolor. Pero esto tampoco es lo más importante. A ver, hay que tenerlo en cuenta porque si la noche —y la mañana— se te va de las manos la resaca puede durarte hasta el miércoles siguiente. Y claro, esto puede ser un problema. Lo más jodido es que tienes una vida bastante incompatible con el ser resacoso, esa confluencia entre el mundo real y los estragos del Dionisismo es lo que va a joderte más. A partir de cierta edad tienes que empezar a utilizar el cerebro y manejar un poco más todo esto de la fiesta. Cosas básicas como pasarte la noche bebiendo lo mismo, evitar los cubatas y meterte algún aliciente de vez en cuando. Lo mejor es tirar de cervezas pero allá tú. Lo más normal es que te dejes invitar a cubatas que ni siquiera quieres y que nunca digas que no a esa ronda de chupitos que son un invento del tipo de la barra —algo llamado “el elixir”— por lo que a la mañana siguiente tienes un Hellraiser en tu cabeza. Ahí empieza lo malo.

Al día siguiente eres incapaz de hacer nada, no puedes ni pensar, ni hablar ni moverte. Te mueves por casa de forma patosa y no sabes ordenar las acciones, si tienes que recoger la ropa del suelo pero también quieres una loncha de queso porque te apetece comer algo pues te lías y terminas metiendo unos pantalones en la nevera. Las conversaciones telefónicas en este momento son impagables. No puedes ni coger el móvil para escribir “lo siento”. Tienes el cerebro lento y empiezas a pensar seriamente que quizás te estás volviendo estúpido. Te pones triste y piensas que quizás lo del divorcio fue al fin y al cabo una buena idea. Eres una mierda y no sirves para nada. Has tirado el domingo a la basura y tu autoestima se ha ido con él. La cosa no termina aquí, esta sensación te acompañará el lunes, el martes y el miércoles. Con un poco de suerte el jueves estarás un poco mejor y lo peor es que el viernes ya tendrás otra vez ganas de volver a salir fuertemente y probar de nuevo “el elixir”. Como he dicho antes, la resaca en sí es terrible pero lo peor es lograr conciliar tu vida de alcohol en la sangre con tu vida laboral, familiar o lo que sea. Al fin y al cabo la resaca es como tener un hijo: no está del todo mal pero la gente, la vida, el mundo te pone las cosas difíciles. Tener que pensar en el trabajo mientras clavos recorren tus venas y se afincan en tu cerebro es algo ciertamente complicado. Además has aparecido con las gafas rotas y tienes una reunión. Rendir, lo que se dice rendir, es una quimera y te pasas el día pensando “Hmmmmm, joder. Hmmmmm. Perros” y cosas así. Luego tienes que recoger el crío al cole, preparar la comida, poner lavadoras, limpiar los restos de vómito de las bambas que te pusiste el sábado pasado y todos estos clásicos costumbristas. Si estas tareas tienen, digamos, una dificultad de 5 sobre 10, en estas condiciones se convierten en 500 sobre 10.

Pero bueno, el alcohol se diluye, la semana empieza a terminar y el amanecer de un nuevo fin de semana se atisba. Es el ciclo de la vida, el poder de las estaciones. El invierno frío y peligroso y la primavera acogedora y llena de vida. En fin, tú mismo. Te doy un año —hemos quedado en un año— para que tomes una decisión. Puedes seguir con esta mierda de ciclo o apostar por la tranquilidad y la serenidad. Yo ya he escogido y me quedo con lo primero.

Fuente: vice.com

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